Tercer Monasterio de la Visitación
"...nada pidáis y nada rehuséis; estad siempre conformes con lo que quiera Dios que en cada momento tengáis..."
(San Franciso de Sales)


LA ORDEN DE LA VISITACIÓN

Los orígenes de la orden de la Visitación constituyen una de las páginas más encantadoras de toda la historia de la Iglesia. Tienen la frescura, el aire sobrenatural y maravilloso de las florecillas de San Francisco o de la narración de los primeros votos de los jesuitas en Montmartre. Habían encontrado, a las afueras de Annecy, una casita que, que por tener un paso cubierto al jardín vecino se llamaba "de la Galería" A esta casita de la galería, fueron el 6 de junio de 1610, fiesta de la Santísima Trinidad y de San Claudio, las tres primeras madres de la Visitación.
Allí les esperaba, como tornera, una joven que había estado ligada a uno de los episodios más novelescos de la vida de San Francisco de Sales: estaba sirviendo en "El Escudo de Francia", una hostería de Ginebra, cuando Francisco, joven sacerdote aún, hizo algunos viajes a aquella ciudad para tratar de convertir a Teodoro de Beza. Paró en la hostería y ella quedó prendada de aquel santo sacerdote. Ahora, al poner en marcha la fundación, se ofreció inmediatamente a entrar en ella.

Pero hay otra figura más encantadora aún si cabe: la de la hermana Claudia Simpliciana, una ingenua campesina, llevada allí por su astuto tío, que dio lugar al anecdotario más gracioso, y al mismo tiempo más ejemplar, que se haya podido registrar en la vida religiosa del mundo entero. La buenísima hermana tomaba al pie de la letra cuanto oía y daba origen así a conmovedores episodios.

Aquel grupito de mujeres suponía, sin embargo, una verdadera revolución. Hoy nos cuesta darnos cuenta de lo que la Visitación supuso, porque admitimos como la cosa más natural lo que entonces suponía romper con mil prejuicios. Se trataba de una vida religiosa apoyada por completo en la sencillez y en la caridad; que buscaba más la muerte de la voluntad y del amor propio, que el quebrantamiento del cuerpo por las penitencias; que se había concebido sobre la base nueva de que las religiosas entraran voluntariamente, sin admitir en modo alguno que pudieran ir a parar al convento por compromisos familiares...

El estampido fue tremendo. Hubo burlas, chacotas, calumnias graves, persecuciones abiertas, resistencias solapadas. Pero hay que decir también que hubo un colosal movimiento de entusiasmo. Y ambas cosas, el entusiasmo y las persecuciones acompañarían a la Visitación en su marcha triunfal por todas partes.

La vida de los primeros tiempos de la Visitación la conocemos, no sólo por fuentes fidedignas, sino, además, de una hermosura literaria sin par. No sólo las obras de San Francisco de Sales, su admirable correspondencia, las cartas y los escritos de Santa Juana de Chantal, escrito todo en el espléndido y robusto francés del siglo XVII. Tenemos además las obras escritas por la madre Francisca Magdalena de Chaugy. Son auténticos primores literarios, en los que la lengua francesa, la unción de estilo, el buen sentido y el conocimiento directo de lo que se trata, brillan de tal manera que el lector se siente conmovido. Así podemos hoy ponemos en contacto con aquellos maravillosos tiempos del comienzo de la Visitación.

Pronto inició la nueva Orden su expansión. La fama de San Francisco de Sales, que ya era grande, se acrecentó de manera extraordinaria con la publicación de "La Introducción a la vida devota". Edición tras edición, el público devoraba aquel libro, y al enterarse de que su autor había fundado unas religiosas, se apresuraban a llamarlas. En 1615 se fundaba la casa de Lyon. Poco después, las de Moulins, Grenoble y Bourges. Pero mayor importancia iba a tener la fundación de París. San Francisco de Sales hubo de trasladarse allí en 1619, y llamó junto a sí a la Madre de Chantal. Tras algunas dificultades se fundó el primer monasterio de París, llamado a tener enorme influencia. No se olvide que en el París del siglo XVII se estaba forjando una reforma pastoral y una orientación de la espiritualidad que en gran parte perseveran aun hoy, y que desde luego tuvieron ya entonces extraordinaria repercusión en la historia de la Iglesia.

La Santa pasa entonces unos años de intensa actividad, atendiendo a los monasterios que se van fundando, sin poder entrevistarse con su director, Mons. Francisco de Sales. Por fin, en diciembre de 1622 se encuentran en Lyon. Es conocida la maravillosa escena. Ella llevaba preparadas unas notas sobre sus cosas íntimas. Él, Francisco de Sales, con sobrenatural firmeza, impuso otro tema de conversación: los asuntos de la Orden. La cuenta de conciencia se la daría más tarde, en Annecy. La Santa obedeció heroicamente a aquella indicación, que tan tremendo sacrificio le suponía.

Poco tiempo después, el día de Inocentes de aquel año, moría Francisco de Sales, con fama de santidad. Llevaron su cadáver a Annecy. Por la noche, cuando la comunidad se quedó sola, la Santa avanzó hacia el cadáver. Tomó reverente su mano derecha y la puso sobre su cabeza, permaneciendo ella de rodillas largo rato. Cumplía así el encargo: estaba dando cuenta de conciencia a su director. Entonces se dice que vieron las hermanas maravilladas el milagro que se produjo: la mano del Santo se animó, cobró vida, y empezó a acariciar la cabeza de la Madre. Así un buen rato, hasta que terminó por volver a caer yerta.

Las Salesas conservan aún el velo que Santa Juana llevaba en aquella circunstancia inolvidable. Muerto el Fundador. La Madre de Chantal iba a tener ocasión de dar la auténtica medida de su grandeza de ánimo. Ahora era ella la que tenía la plenitud de las responsabilidades. Las aceptó, y llevó a cabo con sobrenatural entereza de ánimo, la dificilísima misión que eso suponía.  

Seis años antes, estando Francisco en oración en su castillo de Sales, tuvo una visión en la cual "le fue revelado que fundaría una Orden religiosa. Su propagación se le mostró bajo dos símbolos: uno, el de un árbol plantado en el fondo de un valle, el cual, elevándose sobre las montañas, extendía sus ramas por todo el mundo; y el otro, de una fuente de agua dulce, muy pequeña en su origen, pero que, siguiendo su curso, iba creciendo siempre, y se dividía luego en varios deliciosos arroyos y grandes ríos"1.

La congregación era el "árbol plantado en un valle", "la fuente" de la que brotarían grandes ríos. Venía a colmar el vacío que existía a comienzos del siglo XVII en la vida monástica femenina: órdenes reformadas muy austeras que exigían una salud robusta; o antiguas abadías relajadas. Con la Visitación, el Obispo de Ginebra, haciendo un especial hincapié en la ascesis interior, abría la puerta de la vida religiosa a personas que no podían entregarse a grandes austeridades. La suavidad relativa de la Regla se veía compensada por la insistencia en la práctica de la humildad, de la caridad, la lucha contra el egoísmo y el amor propio para lograr que el alma, libre de todos los lazos, estuviera totalmente disponible a la acción divina.

Esta manera de vivir el Evangelio suponía una gran novedad en su tiempo y respondía a una necesidad real que motivó gran afluencia de peticiones para fundar comunidades parecidas en muchas ciudades, dando lugar a una prodigiosa expansión: a la muerte del Fundador en 1622, eran 13 los monasterios y 87 cuando murió la Madre de Chantal en 1641.

Tal vez, la mejor definición del espíritu de la Orden la dio la misma Fundadora, Sta. Juana Francisca de Chantal, recordando la intención de San Francisco de Sales: "Las religiosas de la Visitación que tengan la dicha de observar fielmente sus reglas, podrán llevar con verdad el nombre de Hijas Evangélicas, particularmente establecidas para ser las imitadoras de las dos virtudes más amadas del Sagrado Corazón del Verbo Encarnado, la dulzura y la humildad, que son como la base y el fundamento de su Orden y les dan el privilegio particular y la gracia incomparable de llevar el título de Hijas del Corazón de Jesús".

Nada extraño es, pues, que cuando Dios quiso descubrir al mundo entero su Corazón Sagrado, testimonio viviente de su inmenso Amor, escogiera precisamente a una visitandina: Margarita María de Alacoque (1647-1690). El lugar: Paray-le-Monial. Según San Alfonso Mª de Ligorio, después de la Creación y la Encarnación, jamás ha mostrado Dios tanto amor como en Paray. La espiritualidad del Corazón de Jesús es la llama más ardiente de fuego luminoso que haya llegado a los hombres después de Pentecostés. Prueba de ello es que desde entonces han sido infinidad las congregaciones, asociaciones, etc. que han surgido teniendo como fuente las revelaciones de Santa Margarita María.

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