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Beata María Gabriela
Nace en el pintoresco e
importante pueblo de Alhama (Granada), el 24 de julio de 1872.
Para sus padres, Juan de
Hinojosa y Manuela Naveros, y para los otros hijos que son ya mayores, llega
como un regalo del cielo. Pronto la bautizan dándole el nombre de Amparo que
luego cambiará por el de Mª Gabriela en la vida religiosa.
Apenas
tiene ocho años cuando pierde a sus padres, y su hermano Eduardo, que vive en
Madrid, la recibe con todo cariño en su casa, en calidad de tutor.
Realiza
sus estudios como interna en el 2° Monasterio de la Visitación (entonces tenía
pensionado) y desde el primer momento se encuentra «como pez en el agua»...
Sus hermanos se asombran y le preguntan: ¿No te cansas de permanecer tanto tiempo encerrada? «En
ninguna parte me
encuentro tan feliz», les
contesta.
Como Amparo es de carácter
jovial, alegre y afectuoso, hace las delicias de los suyos, y goza al verse
rodeada de su familia.
Tiene
un gran amor a la Virgen. Se consagra a
Ella. Y es precisamente a sus pies, en la gruta de Lourdes, donde siente que Jesús la
llama para ser toda suya. Sólo tiene 15 años. Responde con un Sí
incondicional, pero su hermano mayor la encuentra todavía muy joven para dar
ese paso.
De
momento tiene que esperar.
Cuando
a los 19 años entra en el Primer Monasterio de la Visitación de Santa María
de Madrid, la separación de su familia es dolorosa para todos, pero el Señor
le da fuerza y emprende con gran fervor su formación religiosa.
A
lo largo de su vida ejerce diferentes cargos en el Monasterio. En los difíciles
años de 1929 a 1935, como Superiora, muestra su gran corazón y es muy
maternal con todos. Manifiesta además una gran fortaleza a pesar de su
timidez innata. Sabe ver siempre la voluntad de Dios en todos los acontecimientos
y se deja guiar por Él.
En
1936 la persecución religiosa arrecia en España. Por disposición de los
superiores, la mayor parte de la comunidad se traslada a Oronoz (Navarra) y un
pequeño grupo de siete Hermanas, entre ellas, Hª Mª Gabriela que hace las
veces de Superiora, queda en Madrid.
El
18 de
julio les llegan noticias de incendios en iglesias y conventos. Las Hermanas
se refugian en un semisótano preparado con anterioridad, en la calle de
Manuel González Longoria, próxima al Monasterio.
Transcurren
cuatro meses en que viven un prolongado martirio. Pero Hª Mª Gabriela
escribe por esta época a Oronoz: “Estamos muy tranquilas en manos de
Dios, seguros en Él... Él hará de nosotras lo que más convenga”.
Alguien
las denuncia por ser religiosas y comienzan las visitas desagradables, los
famosos «registros»... Los milicianos se llevan los objetos de culto traídos
del Monasterio, mientras ellas ruegan al Señor por su conversión y los
perdonan generosamente.
Tanto
el portero de la casa como los familiares de las Hermanas quieren ponerlas a
salvo de una en una, llevándolas a algún Consulado o Embajada, pero ellas se
niegan, pues no quieren comprometer a nadie.
Hª Mª Gabriela, ante el
peligro que corren, insiste una y otra vez a sus compañeras que con toda
libertad pueden marcharse. Todas responden que quieren seguir unidas y están
dispuestas a morir por Dios.
Sus
deseos de martirio van en aumento...
En
el último registro del 17 de noviembre de 1936 los de las milicias
anarquistas se despiden con una amenaza: «¡Hasta mañana!» Ellas
comprenden que es para conducirlas a la muerte y pasan la noche en oración,
con el fin de prepararse al momento supremo.
El
día 18, Hª Mª Gabriela anima a las Hermanas a dar gracias al Señor pues ha
llegado la hora de entregar sus vidas por Él.
Cuando
vienen a buscarlas salen muy serenas. A la puerta se ha amotinado mucha
gente. Ellas con gran valentía hacen la señal de la cruz. Se oyen insultos y
amenazas y alguien dice: «Ahí mismo tienen que fusilarlas, porque
santiguarse es desafiar».
Se las llevan en un camión. El trayecto es breve, al llegar a la confluencia de la calle López de Hoyos con Velázquez las hacen bajar y una ráfaga de proyectiles derriba sus cuerpos que quedan cruelmente destrozados, mientras ellas empiezan a vivir para siempre en el eterno Amor.
ALGUNAS NOTAS
"Afectuosa y dotada de un carácter jovial y alegre, hacía las delicias de los suyos, esmerándose por dar gusto en todo a sus hermanos y sobrinos... Era sumamente fiel a los ejercicios espirituales que se había prescrito. Cuando organizaban excursiones al campo, para no quedarse sin misa y no hacer esperar a los demás, se levantaba muy temprano... Todos los años acudían a Lourdes. Fue en una de estas visitas cuando Amparo, de 15 años, oyó claramente el divino llamamiento". (Informatio).
Al entrar en el Monsterio, "emprendió con fervor su formación religiosa". (M. Mª Leocadia). "Muy amante de la Orden y de su vocación, se penetró profundamente de su espíritu, llegando a ser una regla viva, de forma que todas las Hermanas podían acudir en sus dudas a ella, seguras de encontrar en sus respuestas las costumbres y el espíritu de la Visitación.
Sucesivamente pasó por los diferentes empleos y cargos de la comunidad, señalándose en el de sacristana que desempeñó mucho tiempo, cumpliéndolo 'apasionadamente bien', como dicen las constituciones de San Francisco de Sales". (Informatio).
"Tenía una gran devoción a la Eucaristía y se la comunicaba a los demás. Recuerdo que tuvo gran interés en prepararnos para la primera comunión. Desde esta ocasión nos animaba constantemente a una comunión frecuente. También nos fomentaba la devoción a la Stma. Virgen María, regalándonos estampitas, medallas, rosarios y oraciones marianas". (Mª Dolores Viqueira, sobrina de la Beata).
En 1929 fue elegida superiora. "Este cargo fue muy pesado para ella porque eran los años dolorosos de la revolución y las Hermanas tuvieron que superar duras pruebas". (RV).
"M. Mª Gabriela era de una enorme delicadeza en su forma de decir las cosas, era como una madre muy buena, muy delicada. Era de una caridad muy grande... Estaba siempre dispuesta a acogerme con afecto maternal por ocupada que estuviese. Fue para mí una verdadera madre. Tenía una enorme bondad, era una santa". (Hna. Mª Claudia Mendioroz).
Siendo la responsable del grupo que quedó en Madrid en 1936 "mantuvo unida la Comunidad hasta el momento del martirio. Sostuvo el espíritu religioso de sus Hermanas animándolas en la observancia de la vida religiosa en el apartamento de la calle Manuel González Longoria nº 4". (RV).
"En los momentos de persecución a la Iglesia, recuerdo que se le oían palabras de perdón para los perseguidores, rezaba por ellos y ponía la confianza en Dios de que El lo resolvería todo». (Mª Dolores Viqueira).
Las últimas palabras suyas que se conservan son: "Estamos rezando, dando gracias a Dios porque nos ha llegado la 'hora'". (Carmen Arnaiz, portera del semisótano-refugio).
"Toda su vida fue de alabanza a Dios por todo lo que le había concedido". (Mª Dolores Viqueira).
"Estamos muy tranquilas en manos de Dios, Él hará de nosotras lo que más nos convenga"
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